El espacio de GeaEntre la tierra y el cielo |
![]() |
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007. No me gusta hacer el amor![]() No, no me gusta. Así, literalmente. Y cuando digo literalmente, me estoy refiriendo a la expresión y no a la acción que pretende reflejar su significado; bueno, lo que se entiende por su significado. Porque ésa es otra. Si realizáramos un análisis de la expresión, ni siquiera sería correcta. El amor, como todos los sentimientos, emociones, afectos o sensaciones son conceptos abstractos, así como los correspondientes sustantivos que los nombran. Por tanto, sólo pueden estar regidos por determinados verbos, pero no por el verbo hacer, puesto que los sentimientos nacen, no se hacen; sólo se sienten, se tienen, se profesan, se ofrecen... ¿No rechinaría oír, por ejemplo: hacer la amistad, hacer la tristeza, hacer el dolor, hacer la melancolía, hacer el odio, hacer la emoción o hacer cualquier otro sentimiento? Así pues, el galicismo hacer el amor no tiene coherencia semántica. En principio, existía esta expresión para significar "hacer la corte"; no para designar el acto sexual. Pero cuando un eufemismo como éste ha sido aceptado comúnmente por la mayoría de los hablantes y su uso es tan generalizado que todos ven en él un significado claro, difícilmente sirven de algo las alegaciones en contra, aunque éstas sean desde el rigor lingüístico. Porque el uso continuado de los hablantes es lo que finalmente refrenda o sanciona una determinada palabra o expresión. Y así es como se han producido muchas incorporaciones a la lengua; alguna de ellas, partiendo incluso de errores que provienen de la etimología popular y que hoy se recogen ya en el diccionario. Y a pesar de que hacer el amor, referido al sexo, figura ya en el DRAE desde 2001 como segunda acepción (la primera es cortejar o galantear), sigo encontrando cursi este afrancesado eufemismo, con pretensiones de resultar fino, que parece querer diferenciarse de todos los demás -tantos y tan variados-, en un intento de sublimar la expresión, cuando lo sublime ha de ser la acción y no cómo se nombra. Y respetando las opciones de expresión de cada uno, insisto en que no me gusta nada de nada; es más, en confianza, ¡no lo soporto! Cosas mías, naturalmente. Desde siempre, todos los tabúes -y desde luego los referidos al sexo- han dado lugar a los eufemismos correspondientes, como "sucedáneos" para nombrar lo supuestamente innombrable. Así, para referirse al coito, podemos encontrarnos con un variopinto abanico de posibilidades, que pueden ir desde lo grosero a lo humorístico; desde la metáfora a la más prosaica expresión; desde la asociación más surrealista a la pretensión de idealizar el término. Sería interminable intentar hacer una lista de terminología sobre el acto sexual. Hay palabras de etimología culta como: yacer, fornicar, copular; o expresiones explicativas como: tener relaciones íntimas, mantener relaciones sexuales, etc. Curiosa es la productividad del verbo "echar" en expresiones populares como: echar un polvo, echar un clavo, echar un kiki, etc. No hay que olvidar los infinitivos: joder, chingar o follar (tampoco soporto este último, lo siento). Y en el colmo del machismo, está eso de: cepillármela, trincármela, beneficiármela, pasarla por la piedra... Sin comentarios.
Pero aún hay algo peor para mí: la presencia del pronombre neutro "lo" unido al verbo hacer. Un buen ejemplo es esa famosa canción que cantaba la Jurado (pobre) que dice: "hace tiempo que no siento nada al hacerLO contigo". Me resulta especialmente repugnante, lo siento. En fin, que soy rarita para eso de la palabrería.
Como en todo, cada maestrillo tiene su librillo. Y es de suponer que cada pareja tiene sus preferencias, sus cómplices expresiones, o la ausencia de ellas. Incluso, hay silencios que son más elocuentes que las palabras en determinadas acciones. Y el acto sexual es una acción; por ello se hace, se realiza, se practica. Pero el amor no es una acción; es un sentimiento. Y los sentimientos no hay que confundirlos. Y mucho menos "hacerlos".
Gea. En sus manos![]() Se mira las manos con fingida complacencia, recién acicaladas y ornamentadas para la ocasión. Muestran una perfecta manicura, en la que destaca el rojo carmesí de sus uñas, que mantienen el protagonismo incluso por encima del destello de las joyas que las adornan. Dedica bastante tiempo al cuidado de sus manos, que gusta de realizar personalmente, recreándose después en el resultado. Sus manos -se le antojaba pensarlo así- siempre habían sido la parte más libre de su cuerpo: autónomas, activas, habilidosas, expresivas, hermosas... Hoy, sin embargo, al contemplarlas ve otra realidad. Súbitamente, y al tiempo que un nudo le aprieta las entrañas, se ve claramente reflejada en ellas; no como una prolongación de sí misma, sino como ella misma en esencia. Y ve, como nunca antes, el patetismo y la hipocresía de su propia vida en la cuidada apariencia de sus manos, perfecta síntesis de su frustración. Porque sus manos, en realidad, están maquilladas para camuflar el desgaste, pero también para intentar ocultar cuán reducido o limitado ha quedado su campo de acción. Unas manos que ya sólo le sirven para aferrarse a una realidad que ha solapado su auténtica necesidad; manos que ya no sienten el deseo de acariciar, ni el tacto de otra piel sobre su piel; que ya no son cogidas furtivamente, con emoción... ni tan siquiera mecánicamente, por rutina. No. Son manos que tienen un dueño, que ya no necesita adueñarse de ellas; manos que van por libre desde hace mucho tiempo, que han frenado muchas lágrimas en sus mejillas, que han tapado sus propios ojos para no ver la realidad, o para no verla tan clara; manos que se han ido acostumbrando al autoengaño, a la carencia, a la renuncia. Por eso precisan de la doble farsa de disimular y deslumbrar. Y sus manos son tal cual es ella, en esa sinécdoque representativa de la parte por el todo. Ella también suele ir engalanada, a la moda, con el cabello vistoso y llamativo, intentando deslumbrar para que no se trasluzcan las grietas de su alma; adornada por fuera en su carencia interior; maquillado el semblante en su desnudez afectiva. Parapetada tras una coraza estética que la protege de su indefensión, su vacío emocional, su desvalimiento. Sus manos y ella: un mismo proceso, una misma forma de disimular, un mismo y cobarde conformismo. A sus manos y a ella ya sólo les queda aferrarse a lo único que tienen. Y lo hacen como pueden. A golpe de cosmética y disfraz. Hogar, dulce hogar![]() (Escrito hace un tiempo). Hoy no estoy nada profunda ni tengo ganas de elucubrar, así que haré divagaciones hogareñas. A menudo oímos hablar de los peligros del hogar, ya que se producen con mayor frecuencia de la esperable, a pesar de que nuestra casa nos parezca el lugar más seguro del mundo. Pero no es así, y hemos de estar alerta ante los reiterados casos de accidentes domésticos: ventanas abiertas que no vemos al levantarnos tras estar agachados y cuyo canto se nos clava en la cabeza, quemaduras por aceite caliente al cocinar, la escalera que resbala y nos caemos desde lo alto cuando limpiábamos los cristales; o ese cuchillo con el que intentábamos ayudarnos a abrir el bote de los pepinillos y se nos escapa y nos secciona una arteria, que empieza a sangrar como un surtidor y exige hacer un torniquete (vivido en mis propias carnes), etc., etc. Es cierto, los hogares encierran muchísimos riesgos; están ahí, día a día, y no conviene minimizarlos ni bajar la guardia. ¡Ah, amigos!, pero si algo hay característico de los hogares, son sus innumerables misterios sin resolver... ¡que haberlos, haylos! Y uno de los más comunes y desconcertantes es el que yo llamo: el misterio del calcetín; es decir, el caso de los calcetines perdidos, naturalmente desparejados, a saber por qué extraños y laberínticos senderos domésticos, que recorren la zona entre la habitación, el baño y la lavadora. Al principio, la sufrida ama de casa piensa que ya aparecerá la pareja que falta, que se le habrá caído al tender; pero mira hacia abajo, al patio, y allí no hay ni rastro del calcetín. -Bueno, lo habré introducido suelto en otra lavadora -piensa esperanzada- ya los volveré a emparejar. Pero, ¡quia!, del calcetín autónomo nunca más se supo. Y así, se van acumulando calcetines sueltos en algún cestillo o lugar especialmente destinado a tal efecto, hasta el día en que se intenta emparejar alguno. Si se consigue reunir una sola pareja, ¡bingo!, la satisfacción que produce es inenarrable. Pasado algún tiempo, y en un alarde de limpieza general, se tiran todos los calcetines sueltos que no ha habido forma de casar, hartas ya de su improductiva presencia y pertinaz soltería. ¡Craso error! Pocos días después, como por arte de birli birloque, empieza a aparecer una nueva remesa de calcetines desparejados, uno o dos de los cuales -tampoco más- eran la pareja de alguno de los que se habían desechado. ¿Penates o duendecillos del hogar? ¿Acaso el desagüe de la lavadora es un voraz sumidero, que además de botones y aros de sujetador se traga también calcetines? ¿O tienen los calcetines vida propia? Esto último es bastante descartable: el olor que desprenden es señal inequívoca de que están más muertos que vivos; sobre todo los de nuestros hijos adolescentes cuando han permanecido una larga jornada dentro de esas horribles zapatillas deportivas que son como mofetas. ¿Deportivas? Bueno, ése sería otro tema a abordar. En fin, que de todas las desapariciones sin resolver en los hogares, el misterio del calcetín es, sin lugar a dudas, el que está más presente en todos ellos. ¿No? Que sí, de verdad, que me lo confirman todas mis amigas. Y, además, no hace distinciones de nivel social o status. Está homologado con las tres ges: es genérico, genuino y generalizador en su igualadora desaparición. Es, desde luego, un auténtico fenómeno doméstico digno de estudio. Gea. Sobre Gea![]() Según la Teogonía de Hesíodo, en el origen de todo estaba el Caos, el vacío primordial anterior a la creación, cuando el orden no había sido impuesto aún a los elementos del Cosmos. En segundo lugar nació Gea, la Tierra, concebida como el elemento primigenio del que surgirán las razas divinas. Y después de ella nació el poderoso Eros, el Amor universal. Gea, sin intervención de ningún elemento masculino, engendró a Urano (el Cielo). Movida por Eros, Gea se unió a Urano y con él tuvo a los primeros dioses: los Titanes, los Cíclopes y los Hecatonquiros. Urano, temeroso de que los Titanes se rebelaran, los encerró en el Tártaro (la parte más profunda y tenebrosa del Erebo, la morada de las sombras), pero Gea los libera y proporciona a Cronos, su hijo menor, una guadaña con la que corta los genitales a su padre destronándolo del poder. Los genitales de Urano caen sobre el mar y de la espuma de su semen surge Afrodita, diosa de la belleza y el amor sensual. Cronos se instala en el poder y se casa con su hermana Rea. Pero Gea le predice una maldición: un hijo suyo también lo destronará. Para evitarlo, Cronos devora a todos sus hijos recién nacidos, menos al último, Zeus, que es escondido por su madre en la isla de Creta. Cuando Zeus crece decide vengarse de su padre. Gea sirve un brebaje a Cronos que le hace vomitar a todos los hijos devorados; éstos, al mando de Zeus, se alían para derrocar al padre. Son ayudados por los Cíclopes, que proporcionan el tridente a Poseidón, el rayo y el trueno a Zeus y un casco a Hades que lo hacía invisible. Vencen los aliados iniciándose el reinado de Zeus e instaurándose así el orden olímpico que se reparte el mundo: Zeus, dios del cielo y de la tierra, reinará en el Olimpo (morada de los dioses); Hades, dios del infierno, lo hará en las tinieblas y las profundidades; Poseidón, dios del mar, reinará sobre las aguas. Y es así como Gea (Gaia, Tellus) se erige, desde esta concepción cosmogónica, en el elemento primigenio del que nacen las razas divinas, los primeros dioses; es la madre-tierra, el principio engendrador que surgió del Caos anterior a la formación del Cosmos. Gea. Y ahora sobre Alnilam![]() La constelación de Orión (el mítico cazador) preside las largas y frías noches invernales del firmamento, desde su privilegiada posición, a caballo entre los dos hemisferios celestes. Es sin duda la reina de las constelaciones. Sus cuatro estrellas más luminosas forman un amplio rectángulo, en cuyo centro se pueden localizar tres estrellas de luminosidad muy similar, formando prácticamente una línea recta y mostrándose, desde nuestra mirada, casi equidistantes entre sí.
Betelgeuse es la estrella que ocupa un hombro de Orión. En la esquina inferior del rectángulo, está Rigel, la pierna izquierda del gigante. En el ángulo nordeste está Bellatrix, la mujer guerrera. En la esquina sureste del rectángulo está Saiph, la espada. Y en esa línea recta que corresponde al cinturón del cazador, están las estrellas: Alnitak, Alnilam y Mintaka. Esta formación es conocida como Las Tres Marías o como Los Tres Reyes. Bien, pues Alnilam, la estrella del centro, el adorno del cinturón, fue mi estrella elegida desde muy jovencita, casi una niña, sin tener entonces ni idea de su nombre ni de su pertenencia a Orión. Me gustó, quizá, esa aparente simetría en su colocación, en el medio, siempre arropada a ambos lados por sus dos compañeras. Como podéis comprobar, mis dos nicks, Gea y Alnilam, tienen claras connotaciones cosmo-mitológicas. Posiblemente, lo que más me gusta de ellos. Gea. |
TemasArchivos
Enlaces
|