El espacio de Gea

Entre la tierra y el cielo

La vida es lucha...

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Aunque dicen que Heráclito de Éfeso fue un filósofo controvertido, oscuro, a mí me gusta recurrir a algunas de sus citas para abordar ciertos temas. Y hoy me viene bien echar mano de alguna de ellas.

Decía que la guerra o la discordia es el padre de todas las cosas -polemos pater panton-, es decir, justo lo contrario de la unidad y el entendimiento. Decía que el hombre es lucha, contienda consigo mismo y con los demás. Y decía, asimismo, que todo es, en realidad, fuego; fuego que se enciende y se apaga, que se transforma...

Y si atendemos a la realidad que nos rodea, los conflictos del mundo, las guerras personales, las batallas laborales o económicas, las contiendas domésticas, las luchas sociales, las victorias y derrotas afectivas, los rifirrafes dialécticos, la crispación política... casi debemos convenir que al buen hombre no le faltaba razón.

La vida es lucha, ciertamente. Una lucha polisémica, que adquiere interpretaciones distintas en cada caso o contexto; en cada zona geográfica y en cada civilización o cultura; en las aspiraciones individuales o en las necesidades colectivas. Entre ellas, y la más perentoria, está la lucha por sobrevivir; o dicho de otro modo, la lucha contra el hambre y la discriminación. Sin lugar a dudas, la más injusta de todas.

Así pues, desde esta visión de contienda, y llevándola al terreno personal, todos tenemos que enfrentarnos a nuestras particulares guerras. Es la llamada lucha del día a día. A veces podemos tener un solo frente abierto; otras veces varios a la vez. Y hay que presentarles batalla, ya no para ganar o perder, sino incluso sólo para permanecer, para seguir estando. Y de eso se trata.

Yo también he tenido que atender algunos frentes abiertos, y ése ha sido el motivo de mi prolongado silencio. No voluntario, desde luego, pero sí elegido en función de mi disponibilidad de tiempo, de mis prioridades y, cómo no, de mi estado de ánimo resultante. 
Espero, a partir de ahora, poder asomarme a este espacio con mayor frecuencia para compartir letras y lecturas con todos.

Saludos.

Gea.

24/02/2008 13:21 Autor: alnilam. Gea. Tema: En prosa. Hay 16 comentarios.

Partida

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Tu adiós partió mi vida en dos mitades

y en una de ellas sigues habitando,

y sin saber por qué, cómo ni cuándo,

te haces el dueño de mis soledades.

 

Me aplicas la mayor de las crueldades

mostrando que ahí estás, pero no estando,

mientras mi otra mitad, agonizando,

arde en la hoguera de tus vanidades.

 

Duelo sin fin, mitades frente a frente...

tan sólo tú arbitrando la jugada

con riguroso afán, indiferente.

 

Y sé que vivo así, diseccionada;

en una parte tú, siempre presente,

y en la otra, sin ti, no existe nada.

 

Gea. 

27/10/2007 16:49 Autor: alnilam. Gea. Tema: Mis sonetos y otros poemas. Hay 16 comentarios.

De la nostalgia y la melancolía

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Aunque prácticamente sinónimos, yo establecería un cierto matiz entre la nostalgia y la melancolía.

 

La nostalgia es, ciertamente, la pena o tristeza por el recuerdo de algún bien perdido. Y se entiende por bien perdido cualquier objeto o circunstancia, sea material o emocional: ausencia de las patria o del hogar, lejanía de los seres queridos, pérdida de un amor, desgarro afectivo, etc. O sea, hay un motivo desencadenante, una añoranza de algo o alguien, por lo que podríamos decir que tiene un carácter objetivo.

Curiosamente, la palabra nostalgia es de creación moderna, habiendo tomado las raíces griegas nostos (regreso) y algos (dolor).

 

La melancolía, para mí, tiene un carácter más subjetivo, más del ánimo, más imprecisa. La melancolía es una especie de tristeza suave, incluso a veces agradable, que anida en lo más hondo del sentimiento y nos obliga a recrearnos, aunque cause algún dolor, en algún recuerdo o vivencia que ha hecho especial mella en nosotros. Es como una nostalgia, sí, pero que se traduce en una determinada actitud de tristeza casi complaciente; es un estado de ánimo especial, a veces sin ningún desencadenante concreto.

 

No se puede negar que la palabra melancolía tiene una cadencia fonética preciosa... ¿no es cierto? Y, sin embargo, paradójicamente, el origen de la palabra no es ni mucho menos agradable. Viene del griego melanos (negro) y colos (secreción del hígado). O dicho de otra manera: bilis negra.

 

Antiguamente, la palabra humor se refería a la secreción o fluidos del cuerpo (los humores corporales). Así, se daba por hecho que si alguien estaba de determinado humor emocional, era porque un humor o fluido corporal había sido segregado por algunas glándulas desconocidas. En consecuencia, la melancolía era el humor que se debía a un exceso de bilis negra (que no existe, al menos como algo físico), y estaba considerada como una verdadera enfermedad, a la que incluso se le habían atribuido muertes.

 

Y en cambio, ahora, lo poética que resulta la palabra. ¡Menuda evolución!

Cosas de la lengua.

 

Gea.

22/08/2007 00:58 Autor: alnilam. Gea. Tema: De lengua y esas cosas. Hay 7 comentarios.

¿Arrepentirse de algo? Pues casi que sí, gracias.

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Pienso que una de las debilidades del ser humano es la de no saber asimilar bien las derrotas, los fracasos, los errores. Y esa dificultad le lleva algunas veces, en la necesidad de superarlos, a buscarles justificación o verles algún lado positivo.

Y con mayor o menor frecuencia se recurre al lenguaje para sentenciarlo.

¿Quién no ha oído eso de: “no hay que arrepentirse, pues de todo se aprende”; o también: “los reveses ayudan a ser después más fuertes”; o incluso: “superar la adversidad, nos hace salir reforzados”?

 

Y yo me pregunto... ¿Más fuertes para qué? ¿Más reforzados para qué?

¿Para tener mayor capacidad de aguante cuando las cosas vienen mal dadas?

Porque cuando van como la seda, cuando se tiene suerte en la vida, no se requiere de ningún aprendizaje previo para adaptarse perfectamente a la coyuntura feliz.

Parece, entonces, que esa experiencia de hechos negativos sólo sirve para asumir mejor la presencia de nuevos percances negativos.

 

Pues no. Me niego a aceptarlo como medio de aprendizaje. Y si hay que arrepentirse de algo, se arrepiente uno y punto, sin “positivarlo”. Otra cosa bien distinta es poder evitarlo, o estar capacitados en un momento dado para discernirlo. O impedir una desgracia. O descartar un sufrimiento. No, eso no podemos controlarlo.

 

No se ha de negar el hecho, la evidencia, la debilidad o la mala fortuna. Pero sí debemos analizar con objetividad cómo nos ha afectado, cómo nos ha marcado, en qué nos ha condicionado, qué cambios ha supuesto en nuestras vidas. Y todo ello sin recriminaciones, desde luego. Lo hecho, hecho está. 

Pero si los efectos han sido dolorosos, negativos o desestabilizadores, no vale escudarnos en el lenguaje y soltar eso de “me he hecho más fuerte”. Puro autoengaño. Porque esa fortaleza no se necesita para lo bueno, sino sólo para afrontar mejor un nuevo descalabro. ¡Vaya negocio!

 

¿Salir más reforzado de un sufrimiento para sobrellevar mejor el siguiente? Menuda perspectiva más poco halagüeña.

 

¿Aprender de los errores para asumir mejor otros? Absurdo. Sabemos que somos capaces de tropezar dos veces en la misma piedra (y tres... y cuatro).

 

¿Hacernos más fuertes, más curtidos, para soportar mejor un nuevo revés? Desmoralizador si nos paramos a pensarlo.

 

Es como si cuando nos rompiéramos una pierna, lo minimizáramos diciendo que así el callo que se generará en el hueso le dará más resistencia.

Tonto consuelo. Mejor no rompérnosla. Otra cosa es que no hayamos podido evitarlo. Pero siempre habrá sido un contratiempo, no exento de riesgos o secuelas.

 

Cierto es que en otras parcelas de la vida, en el campo científico, de investigación, etc., los errores pueden convertirse en experiencia, en afán de superación, en nuevo punto de partida. Pero en lo que atañe a los sentimientos, al equilibrio afectivo de las personas, suelen pasar factura.  

 

Hay sufrimientos, desgracias, descalabros emocionales que son insuperables, que han dejado una huella negativa de por vida; que han desgastado y minado el alma, que han hecho enfermar; que han hecho renunciar, incluso, a seguir viviendo.

 

No. No hay que vender esa falsa retórica de que se sale reforzado de los contratiempos, de que nos hemos hecho duros, con coraza... ¿Para qué?

¿Para protegernos o escudarnos tras ella? Repito: para disfrutar de una relativa felicidad, no se requiere de ningún caparazón ni callo previo. Y aprender por aprender, mejor de los aciertos y los golpes de suerte que de los fracasos. ¿O no?

 

Yo sí que me arrepiento de algunas cosas que he hecho; pero aún más, infinitamente más, de las muchas que he dejado de hacer.

Pero lo que no haré, nunca, es minimizarlo tras una manida y estereotipada frase hecha. Que ya sabemos que el lenguaje es a veces muy engañoso.

Gea.

04/08/2007 19:58 Autor: alnilam. Gea. Tema: En prosa. Hay 9 comentarios.

Asfixia

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Me ahoga el aire al respirar tu ausencia,

que llena a borbotones el vacío

que quedó tras de ti, tan mudo y frío,

y me asfixian la duda y la impotencia.

 

Me oprime el aire, sí, sin tu presencia,

y en busca de tu sombra desvarío

y mantengo el absurdo desafío

de no querer rendirme a la evidencia.

 

No estás aquí aunque lo ocupas todo

y me inundas de angustia y de tormento;

todo lo invades, lo acaparas todo.

 

Y presa de este ahogo, cruel y lento,  

voy buscando un resquicio, algún recodo,

donde aún pudiera respirar tu aliento.

 

Gea.

17/07/2007 00:20 Autor: alnilam. Gea. Tema: Mis sonetos y otros poemas. Hay 11 comentarios.

Ver para creer...

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Soy escéptica por naturaleza. Si en otra vida hubiera sido personaje bíblico, sin duda hubiera sido Santo Tomás. Fijo. Porque suelo ser de las que: si no lo veo, no lo creo.

 

Lo que en realidad quiero decir, ya que tiene su ironía por lo que os voy a contar, es que no soy persona de creencias esotéricas, predicciones astrológicas, cartas astrales, lecturas de manos o posos raros; no me interesa nada todo eso de los médiums, ni la tan trillada energía positiva de futurólogos o pseudocuranderos. Soy así. Y no se me ocurriría nunca ponerme en sus manos.

Bueno, miento. El otro día sí. Involuntariamente. Os cuento:

 

Tengo unos vecinos de rellano, un matrimonio mayor, los únicos con los que he intercambiado alguna conversación, normalmente originada por las buenas migas que hacían mis gatos con su perro cuando se colaban en su terraza y se acomodaban en su sillón, desplazando al pobre can.

 

Es una pareja muy peculiar: ella profesora y él ATS; pero, además, dicen tener "poderes para curar" a través de una energía sobrenatural que aplican con sus manos. Tienen visitas de gente a menudo, aunque, eso sí, totalmente gratis, porque a ellos les gusta compartir el don que dicen poseer. La verdad es que son "raros" pero de buen trato.

 

Bien, pues el otro día, estando yo en plena crisis jaquecosa, llama este vecino a mi puerta porque le tenía que firmar, como presidenta que me toca ser de esta mi comunidad, unas facturas para el administrador. Una vez firmadas, y al comentarle que tenía una fuerte migraña, el hombre, sin darme opción, me dirige hacia una silla de mi comedor:

 

- Siéntate, que te voy a quitar el dolor.

- ¿Cómo?

- Tú calla y relájate.

 

Se coloca entonces detrás de mí, tras el respaldo de la silla, y empieza a masajear y pulsar todas las zonas de mi cabeza; desde los parietales a los temporales; desde el frontal al occipital, al tiempo que parecía entrar en una especie de trance, emitiendo aparatosos sonidos guturales y una respiración fuerte y entrecortada.

 

- ¡¡Ggggggg!!

- Oye, Paco, no te preocupes, ya me pasará.

- ¡¡Shrrrrhhh!!

- Si ya me iba a tomar el Hemicraneal.

- ¡¡Auggggg!!

- Es que mi migraña es muy rebelde.

- ¡¡Gggggggg!!

- De verdad, yo te lo agradezco, pero...

- ¡¡Ggggggg... Augggggg!!

 

No os podéis imaginar la horrorosa sensación de tener en mi cogote tanta concentración paranormal, tanto resoplido y fuelle respiratorio. Miedo. Mucho miedo. Lo confieso, sentí miedo, porque creía que iba a darle un yuyu allí mismo; tal era su entrega y vehemencia. Yo no sabía si reír, llorar o gritar.

 

A todo esto, mi asustado gato Bartolo -a una prudente distancia- por pura mímesis y como defendiéndome, empezó también a bufarle a él sin parar. Debía de pensar que para bufidos los suyos, que eran mucho más propios.

 

Al fin mi vecino dio por terminada la sesión -se me hizo eterna- y al mirarle a la cara aún tuve más miedo. Estaba lívido y sudoroso, ido, traspuesto.

 

- ¿A que estás mejor?

 

No pude ni responderle. Le sonreí y lo acompañé a la salida dándole las gracias, y él, exhausto pero orgulloso de su buena obra, entró en su casa.

Yo, estupefacta, con más dolor de cabeza aún, me tomé la medicación habitual y, como alma que lleva el diablo, puse pies en polvorosa y me fui a casa de mi madre para explicarles mi insólita experiencia. Necesitaba contarlo. Allí nos dio por reír sin parar, sobre todo cuando les intentaba recrear tan exorcista escena.

 

Desde entonces, cuando voy a salir de casa necesito atisbar por la mirilla, no fuera a toparme con él en el rellano y se interesara por mi migraña... ¡Oh, no, otra sesión no! Y es que llevo aún latente en mi cogote, como una gutural espada de Damocles, ese resoplido monumental que no quiero percibir nunca mais; al menos no en mi nuca. Antes me corto la cabeza.

 

Qué cosas nos pasan a las descreídas... ¡Ozú!

 

Gea.  

08/07/2007 21:31 Autor: alnilam. Gea. Tema: Para sonreír. Hay 11 comentarios.

Donde habite el olvido

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Una de las características de la literatura es la intertextualidad, es decir, la inserción en un texto de otro texto o verso, que el autor retoma de sus propias obras o de las de algún otro autor.

 

No es sorprendente pues que, a partir de una frase, idea o verso ya existentes, otro autor, normalmente posterior, haga suyas algunas de esas palabras como fuente de inspiración para elaborar su propia obra.

 

Citaré como ejemplo un verso precioso; uno de esos versos que, una vez escuchados o leídos, adquieren la excepcionalidad de ser recordados ya para siempre:

 

"Donde habite el olvido".

 

Además de haber podido reconocerlo por ser citado en alguna canción -de Sabina, por ejemplo- no nos costará demasiado recordar que pertenece a un hermosísimo poema de Luis Cernuda, el gran poeta sevillano, que además da título a uno de sus libros de poemas.

 

Y sin embargo, el verso en su origen pertenece a Gustavo Adolfo Bécquer, a quien Cernuda quiso rendir homenaje y quien influyó en una determinada época en su poesía.

 

Así pues, vemos un ejemplo de intertextualidad entre estos dos magníficos poetas, ambos sevillanos, aunque de diferentes épocas y características literarias, donde un verso ya existente se convierte en el germen de inspiración para una obra posterior.

 

Hay que dar, no obstante, al César lo que es del César, y a Bécquer la autoría de su "inovidable": "Donde habite el olvido".

Dejo los respectivos poemas de ambos autores:

 

RIMA LXVI

¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero

de los senderos busca,

las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura,

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas,

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.

 

¿A dónde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza,

valle de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas.

En donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.

 

Gustavo Adolfo Bécquer (1836 - 1870)

 

- - -

 

DONDE HABITE EL OLVIDO

 

Donde habite el olvido,

en los vastos jardines sin aurora;

donde yo sólo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

 

Donde mi nombre deje

al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

donde el deseo no exista.

 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

sometiendo a otra vida su vida,

sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

disuelto en niebla, ausencia,

ausencia leve como carne de niño.

 

Allá, allá lejos;

donde habite el olvido.

Luis Cernuda (1902 - 1963)

03/07/2007 22:59 Autor: alnilam. Gea. Tema: Apuntes literarios. Hay 10 comentarios.

Bartolo

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Cada día quiero más a mi Bartolo. Mi gato. Y lo quiero, en gran parte, por lo mucho que él me quiere. Y por cómo necesita demostrármelo.

Y es que mi Bartolo me habla y me entiende, con su lenguaje no verbal tan felino y expresivo. Incluso, y con esa intuición gatuna tan misteriosa y desconcertante, se anticipa a mi pensamiento y reconoce mi estado de ánimo, casi antes que yo. Y sabe cuándo estoy triste y no puede soportarlo. Y a mí me emociona ver cómo varía su actitud o sus hábitos para demostrarme su cariño incondicional cuando estoy así.

 

Hace ya más de un año en que tuve que tomar la terrible decisión de aplicarles la eutanasia a mis otros dos gatos, padre y madre-hermana de mi Bartolo. Sí, constituían una felina e incestuosa familia, un triángulo gatuno que se quería hasta el límite. Fue un trauma que aún hoy no he superado del todo. Pero tuve que volcarme en el pobre Bartolo que se quedó terriblemente solo, huérfano; que se moría de tristeza buscándolos por todos los rincones y que dejó prácticamente de comer hasta el punto de que temí seriamente por su vida.

 

Tiene ya 14 años y no era, quizá, el gato por el que yo sentía más debilidad -aunque adoraba a los tres-, pero a partir de ver su sufrimiento se me clavó en el alma y cada día empecé a quererlo aún más y a estar completamente pendiente de él. Poco a poco, y ante la certeza de lo irreparable, empezó a resignarse y a aceptar la ausencia, como nos ocurre también a los humanos.

 

Y ahora, cuando tengo días tristes, como hoy, parece querer recompensarme. Y no viene a mi regazo -que es su auténtica obsesión- como lo hace siempre; no se abandona indolentemente en él buscando la posición más adecuada para acomodarse y dormitar. No. En mis días tristes, busca compulsivamente mi regazo y permanece expectante, mirándome con arrobo, sí, con auténtico arrobo, con su cabecita ligeramente levantada y clavando en mí esas dos uvas azules que tiene por ojos. Y permanece así, estático, inmóvil, adorándome, sin dejar de mirarme fijamente.. Porque así es como él me “habla” y  me dice: ”Yo también te quiero... y vengo a tu regazo no porque yo lo necesite sino porque sé que hoy lo necesitas tú”.

Y acierta de pleno.

 

Y por eso quiero yo tanto a mi Bartolo. Porque despierta mi ternura, me emociona y sorprende. Porque me analiza, me intuye y me muestra veneración. Porque me quiere tanto -o más- que yo a él.

Lo adoro, sí. ¿Que es sólo un gato? Sí, lo sé. Bueno, ¿y qué?

   

El tema no es que sea demasiado profundo ni interesante; incluso puede interpretarse como ñoño o cursi. Pero es que hoy estoy especialmente sensible y como tal me comporto, escribiendo simplemente sobre mi querido gato. Y es que hay días en que me siento en evidente deuda con él.

 

Gea.

19/06/2007 21:05 Autor: alnilam. Gea. Tema: En prosa. Hay 16 comentarios.

Sensorial

20070601233704-vida1.jpgTe miro, con los ojos de quien ve algo soñado.

Te escucho, con la misma atención con que te miro.

Te hablo, con la voz que se quiebra en un suspiro.

Te aspiro, con un beso profundo y prolongado.

 

Te abrazo, con el ansia del cerco deseado.

Te siento, con la misma avidez de lo prohibido.

Te entiendo, con la ayuda de mi sexto sentido.

Te adoro, con el rito ancestral de un iniciado.

 

Y pongo mi alma entera y cada poro de piel

en descifrar tus sueños y anhelos codiciados,

en mi consciente entrega y en mi abandono fiel.

 

Es control racional junto a afectos desbordados,

es dominar las riendas del más brioso corcel;

son, ya lo ves, mis cinco sentidos desatados.

 

Gea.

01/06/2007 23:33 Autor: alnilam. Gea. Tema: Mis sonetos y otros poemas. Hay 6 comentarios.

Tempus fugit

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Hay quien dice que el tiempo no existe, aunque sea lo que preside y rige nuestras vidas. Lo cierto es que ese concepto abstracto permite divagar sobre su esencia, incluso desde perspectivas contradictorias. Divaguemos, pues.

De todos es conocido el tópico del Carpe Diem, esa exhortación a vivir y disfrutar del momento. Una necesidad o filosofía comúnmente aceptada por todos. Pero, por mucho que nos acojamos a esa máxima de "sólo hay que vivir el presente", sería de necios pensar que ese presente es autónomo; que surge en solitario, del día a día, como improvisando la vida. Porque el presente es el más efímero de los tres conceptos en que dividimos nuestro tiempo vital. Es tan sólo un paréntesis, herméticamente cerrado por el inmodificable pasado anterior y el inescrutable e incipiente futuro.

El presente queda así suspendido en el abismo, entre dos tiempos poderosos que lo convierten en fugaz, pero en los que necesita sustentarse para adquirir su entidad, su propia razón de ser. Y así, se nos presenta como ese ídolo al que todos pretendidamente adoramos, sin darnos cuenta de su fragilidad. Como un poderoso gigante mitológico, cuyos pies han de apoyarse necesariamente en dos pilares próximos para mantener el equilibrio; para poder mostrarse en su grandiosidad.

Así es el presente: pasado y futuro casi juntos; uno pisándole los talones; el otro, abriéndole las puertas de par en par. Y él en medio, a tiro de piedra entre uno y otro; entre una despedida y una salutación, entre un adiós y un hola, que sólo dejan resquicio para un breve suspiro.

Precisamente por eso hay que vivir el presente, por su levedad, por su propia inconsistencia, por la dificultad en aprehenderlo, por su fugacidad. Porque rápidamente pasa a constituirse en pasado. Y el pasado será ya inmodificable.

Y en cierto modo, nada hay más vinculante y condicionante que el pasado, esa acumulación de efímeros presentes. Porque él nos ha ido moldeando titánicamente, para la bueno y para lo menos bueno; él ha ido determinando una personal manera de ser y de reaccionar ante la vida; él nos ha marcado inexorablemente, incluso para aprender a vivir el presente o vivirlo de una manera determinada. Y a su vez el pasado, para serlo, ha de sustentarse necesariamente en los recuerdos.

Y sí, yo soy de las que reivindico los recuerdos; de ellos vivimos muchas veces, con ellos convivimos en la soledad, en ellos hallamos en ocasiones fuerza para seguir. Y también desconsuelo. En cualquier caso, son el testimonio de todo lo vivido. Recordar es comprobar que permanece inalterable nuestra memoria, que es el mayor exponente de que nos sentimos vivos, además de estarlo.

Sin embargo, en esa gran red de recuerdos que constituye el pasado, no todos tienen el privilegio de poder ser calificados de perennes. Son escasos, selectos, escogidos... Y por su cualidad de perennes, adquieren el rango de indelebles, de inolvidables. Por eso vivirán paralelamente nuestra propia vida, acompañándonos en nuestro presente y proyectándose, inevitablemente, en nuestro futuro. En los recuerdos, en el pasado, será en definitiva donde confluirá todo.

Y hay que vivir el presente, sí, pero sin desdeñar ninguno de los otros dos tiempos que lo definen y acompañan inexorablemente. Porque en realidad son lo mismo; sólo cambia la perspectiva desde la que los vivimos o miramos. Desde el ayer, el presente ya es mañana. Y desde el mañana, el presente ya es ayer.

Y con este retruécano final que me ha salido, dejo de divagar desde... ¡ya mismo! 
 

Gea.

29/05/2007 10:05 Autor: alnilam. Gea. Tema: En prosa. Hay 8 comentarios.




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