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El espacio de Gea

La vida es lucha...

La vida es lucha...

Aunque dicen que Heráclito de Éfeso fue un filósofo controvertido, oscuro, a mí me gusta recurrir a algunas de sus citas para abordar ciertos temas. Y hoy me viene bien echar mano de alguna de ellas.

Decía que la guerra o la discordia es el padre de todas las cosas -polemos pater panton-, es decir, justo lo contrario de la unidad y el entendimiento. Decía que el hombre es lucha, contienda consigo mismo y con los demás. Y decía, asimismo, que todo es, en realidad, fuego; fuego que se enciende y se apaga, que se transforma...

Y si atendemos a la realidad que nos rodea, los conflictos del mundo, las guerras personales, las batallas laborales o económicas, las contiendas domésticas, las luchas sociales, las victorias y derrotas afectivas, los rifirrafes dialécticos, la crispación política... casi debemos convenir que al buen hombre no le faltaba razón.

La vida es lucha, ciertamente. Una lucha polisémica, que adquiere interpretaciones distintas en cada caso o contexto; en cada zona geográfica y en cada civilización o cultura; en las aspiraciones individuales o en las necesidades colectivas. Entre ellas, y la más perentoria, está la lucha por sobrevivir; o dicho de otro modo, la lucha contra el hambre y la discriminación. Sin lugar a dudas, la más injusta de todas.

Así pues, desde esta visión de contienda, y llevándola al terreno personal, todos tenemos que enfrentarnos a nuestras particulares guerras. Es la llamada lucha del día a día. A veces podemos tener un solo frente abierto; otras veces varios a la vez. Y hay que presentarles batalla, ya no para ganar o perder, sino incluso sólo para permanecer, para seguir estando. Y de eso se trata.

Yo también he tenido que atender algunos frentes abiertos, y ése ha sido el motivo de mi prolongado silencio. No voluntario, desde luego, pero sí elegido en función de mi disponibilidad de tiempo, de mis prioridades y, cómo no, de mi estado de ánimo resultante. 
Espero, a partir de ahora, poder asomarme a este espacio con mayor frecuencia para compartir letras y lecturas con todos.

Saludos.

Gea.

Partida

Partida

Tu adiós partió mi vida en dos mitades

y en una de ellas sigues habitando,

y sin saber por qué, cómo ni cuándo,

te haces el dueño de mis soledades.

 

Me aplicas la mayor de las crueldades

mostrando que ahí estás, pero no estando,

mientras mi otra mitad, agonizando,

arde en la hoguera de tus vanidades.

 

Duelo sin fin, mitades frente a frente...

tan sólo tú arbitrando la jugada

con riguroso afán, indiferente.

 

Y sé que vivo así, diseccionada;

en una parte tú, siempre presente,

y en la otra, sin ti, no existe nada.

 

Gea. 

De la nostalgia y la melancolía

De la nostalgia y la melancolía

Aunque prácticamente sinónimos, yo establecería un cierto matiz entre la nostalgia y la melancolía.

 

La nostalgia es, ciertamente, la pena o tristeza por el recuerdo de algún bien perdido. Y se entiende por bien perdido cualquier objeto o circunstancia, sea material o emocional: ausencia de las patria o del hogar, lejanía de los seres queridos, pérdida de un amor, desgarro afectivo, etc. O sea, hay un motivo desencadenante, una añoranza de algo o alguien, por lo que podríamos decir que tiene un carácter objetivo.

Curiosamente, la palabra nostalgia es de creación moderna, habiendo tomado las raíces griegas nostos (regreso) y algos (dolor).

 

La melancolía, para mí, tiene un carácter más subjetivo, más del ánimo, más imprecisa. La melancolía es una especie de tristeza suave, incluso a veces agradable, que anida en lo más hondo del sentimiento y nos obliga a recrearnos, aunque cause algún dolor, en algún recuerdo o vivencia que ha hecho especial mella en nosotros. Es como una nostalgia, sí, pero que se traduce en una determinada actitud de tristeza casi complaciente; es un estado de ánimo especial, a veces sin ningún desencadenante concreto.

 

No se puede negar que la palabra melancolía tiene una cadencia fonética preciosa... ¿no es cierto? Y, sin embargo, paradójicamente, el origen de la palabra no es ni mucho menos agradable. Viene del griego melanos (negro) y colos (secreción del hígado). O dicho de otra manera: bilis negra.

 

Antiguamente, la palabra humor se refería a la secreción o fluidos del cuerpo (los humores corporales). Así, se daba por hecho que si alguien estaba de determinado humor emocional, era porque un humor o fluido corporal había sido segregado por algunas glándulas desconocidas. En consecuencia, la melancolía era el humor que se debía a un exceso de bilis negra (que no existe, al menos como algo físico), y estaba considerada como una verdadera enfermedad, a la que incluso se le habían atribuido muertes.

 

Y en cambio, ahora, lo poética que resulta la palabra. ¡Menuda evolución!

Cosas de la lengua.

 

Gea.

¿Arrepentirse de algo? Pues casi que sí, gracias.

¿Arrepentirse de algo? Pues casi que sí, gracias.

Pienso que una de las debilidades del ser humano es la de no saber asimilar bien las derrotas, los fracasos, los errores. Y esa dificultad le lleva algunas veces, en la necesidad de superarlos, a buscarles justificación o verles algún lado positivo.

Y con mayor o menor frecuencia se recurre al lenguaje para sentenciarlo.

¿Quién no ha oído eso de: “no hay que arrepentirse, pues de todo se aprende”; o también: “los reveses ayudan a ser después más fuertes”; o incluso: “superar la adversidad, nos hace salir reforzados”?

 

Y yo me pregunto... ¿Más fuertes para qué? ¿Más reforzados para qué?

¿Para tener mayor capacidad de aguante cuando las cosas vienen mal dadas?

Porque cuando van como la seda, cuando se tiene suerte en la vida, no se requiere de ningún aprendizaje previo para adaptarse perfectamente a la coyuntura feliz.

Parece, entonces, que esa experiencia de hechos negativos sólo sirve para asumir mejor la presencia de nuevos percances negativos.

 

Pues no. Me niego a aceptarlo como medio de aprendizaje. Y si hay que arrepentirse de algo, se arrepiente uno y punto, sin “positivarlo”. Otra cosa bien distinta es poder evitarlo, o estar capacitados en un momento dado para discernirlo. O impedir una desgracia. O descartar un sufrimiento. No, eso no podemos controlarlo.

 

No se ha de negar el hecho, la evidencia, la debilidad o la mala fortuna. Pero sí debemos analizar con objetividad cómo nos ha afectado, cómo nos ha marcado, en qué nos ha condicionado, qué cambios ha supuesto en nuestras vidas. Y todo ello sin recriminaciones, desde luego. Lo hecho, hecho está. 

Pero si los efectos han sido dolorosos, negativos o desestabilizadores, no vale escudarnos en el lenguaje y soltar eso de “me he hecho más fuerte”. Puro autoengaño. Porque esa fortaleza no se necesita para lo bueno, sino sólo para afrontar mejor un nuevo descalabro. ¡Vaya negocio!

 

¿Salir más reforzado de un sufrimiento para sobrellevar mejor el siguiente? Menuda perspectiva más poco halagüeña.

 

¿Aprender de los errores para asumir mejor otros? Absurdo. Sabemos que somos capaces de tropezar dos veces en la misma piedra (y tres... y cuatro).

 

¿Hacernos más fuertes, más curtidos, para soportar mejor un nuevo revés? Desmoralizador si nos paramos a pensarlo.

 

Es como si cuando nos rompiéramos una pierna, lo minimizáramos diciendo que así el callo que se generará en el hueso le dará más resistencia.

Tonto consuelo. Mejor no rompérnosla. Otra cosa es que no hayamos podido evitarlo. Pero siempre habrá sido un contratiempo, no exento de riesgos o secuelas.

 

Cierto es que en otras parcelas de la vida, en el campo científico, de investigación, etc., los errores pueden convertirse en experiencia, en afán de superación, en nuevo punto de partida. Pero en lo que atañe a los sentimientos, al equilibrio afectivo de las personas, suelen pasar factura.  

 

Hay sufrimientos, desgracias, descalabros emocionales que son insuperables, que han dejado una huella negativa de por vida; que han desgastado y minado el alma, que han hecho enfermar; que han hecho renunciar, incluso, a seguir viviendo.

 

No. No hay que vender esa falsa retórica de que se sale reforzado de los contratiempos, de que nos hemos hecho duros, con coraza... ¿Para qué?

¿Para protegernos o escudarnos tras ella? Repito: para disfrutar de una relativa felicidad, no se requiere de ningún caparazón ni callo previo. Y aprender por aprender, mejor de los aciertos y los golpes de suerte que de los fracasos. ¿O no?

 

Yo sí que me arrepiento de algunas cosas que he hecho; pero aún más, infinitamente más, de las muchas que he dejado de hacer.

Pero lo que no haré, nunca, es minimizarlo tras una manida y estereotipada frase hecha. Que ya sabemos que el lenguaje es a veces muy engañoso.

Gea.

Asfixia

Asfixia

Me ahoga el aire al respirar tu ausencia,

que llena a borbotones el vacío

que quedó tras de ti, tan mudo y frío,

y me asfixian la duda y la impotencia.

 

Me oprime el aire, sí, sin tu presencia,

y en busca de tu sombra desvarío

y mantengo el absurdo desafío

de no querer rendirme a la evidencia.

 

No estás aquí aunque lo ocupas todo

y me inundas de angustia y de tormento;

todo lo invades, lo acaparas todo.

 

Y presa de este ahogo, cruel y lento,  

voy buscando un resquicio, algún recodo,

donde aún pudiera respirar tu aliento.

 

Gea.

Ver para creer...

Ver para creer...

Soy escéptica por naturaleza. Si en otra vida hubiera sido personaje bíblico, sin duda hubiera sido Santo Tomás. Fijo. Porque suelo ser de las que: si no lo veo, no lo creo.

 

Lo que en realidad quiero decir, ya que tiene su ironía por lo que os voy a contar, es que no soy persona de creencias esotéricas, predicciones astrológicas, cartas astrales, lecturas de manos o posos raros; no me interesa nada todo eso de los médiums, ni la tan trillada energía positiva de futurólogos o pseudocuranderos. Soy así. Y no se me ocurriría nunca ponerme en sus manos.

Bueno, miento. El otro día sí. Involuntariamente. Os cuento:

 

Tengo unos vecinos de rellano, un matrimonio mayor, los únicos con los que he intercambiado alguna conversación, normalmente originada por las buenas migas que hacían mis gatos con su perro cuando se colaban en su terraza y se acomodaban en su sillón, desplazando al pobre can.

 

Es una pareja muy peculiar: ella profesora y él ATS; pero, además, dicen tener "poderes para curar" a través de una energía sobrenatural que aplican con sus manos. Tienen visitas de gente a menudo, aunque, eso sí, totalmente gratis, porque a ellos les gusta compartir el don que dicen poseer. La verdad es que son "raros" pero de buen trato.

 

Bien, pues el otro día, estando yo en plena crisis jaquecosa, llama este vecino a mi puerta porque le tenía que firmar, como presidenta que me toca ser de esta mi comunidad, unas facturas para el administrador. Una vez firmadas, y al comentarle que tenía una fuerte migraña, el hombre, sin darme opción, me dirige hacia una silla de mi comedor:

 

- Siéntate, que te voy a quitar el dolor.

- ¿Cómo?

- Tú calla y relájate.

 

Se coloca entonces detrás de mí, tras el respaldo de la silla, y empieza a masajear y pulsar todas las zonas de mi cabeza; desde los parietales a los temporales; desde el frontal al occipital, al tiempo que parecía entrar en una especie de trance, emitiendo aparatosos sonidos guturales y una respiración fuerte y entrecortada.

 

- ¡¡Ggggggg!!

- Oye, Paco, no te preocupes, ya me pasará.

- ¡¡Shrrrrhhh!!

- Si ya me iba a tomar el Hemicraneal.

- ¡¡Auggggg!!

- Es que mi migraña es muy rebelde.

- ¡¡Gggggggg!!

- De verdad, yo te lo agradezco, pero...

- ¡¡Ggggggg... Augggggg!!

 

No os podéis imaginar la horrorosa sensación de tener en mi cogote tanta concentración paranormal, tanto resoplido y fuelle respiratorio. Miedo. Mucho miedo. Lo confieso, sentí miedo, porque creía que iba a darle un yuyu allí mismo; tal era su entrega y vehemencia. Yo no sabía si reír, llorar o gritar.

 

A todo esto, mi asustado gato Bartolo -a una prudente distancia- por pura mímesis y como defendiéndome, empezó también a bufarle a él sin parar. Debía de pensar que para bufidos los suyos, que eran mucho más propios.

 

Al fin mi vecino dio por terminada la sesión -se me hizo eterna- y al mirarle a la cara aún tuve más miedo. Estaba lívido y sudoroso, ido, traspuesto.

 

- ¿A que estás mejor?

 

No pude ni responderle. Le sonreí y lo acompañé a la salida dándole las gracias, y él, exhausto pero orgulloso de su buena obra, entró en su casa.

Yo, estupefacta, con más dolor de cabeza aún, me tomé la medicación habitual y, como alma que lleva el diablo, puse pies en polvorosa y me fui a casa de mi madre para explicarles mi insólita experiencia. Necesitaba contarlo. Allí nos dio por reír sin parar, sobre todo cuando les intentaba recrear tan exorcista escena.

 

Desde entonces, cuando voy a salir de casa necesito atisbar por la mirilla, no fuera a toparme con él en el rellano y se interesara por mi migraña... ¡Oh, no, otra sesión no! Y es que llevo aún latente en mi cogote, como una gutural espada de Damocles, ese resoplido monumental que no quiero percibir nunca mais; al menos no en mi nuca. Antes me corto la cabeza.

 

Qué cosas nos pasan a las descreídas... ¡Ozú!

 

Gea.  

Donde habite el olvido

Donde habite el olvido

Una de las características de la literatura es la intertextualidad, es decir, la inserción en un texto de otro texto o verso, que el autor retoma de sus propias obras o de las de algún otro autor.

 

No es sorprendente pues que, a partir de una frase, idea o verso ya existentes, otro autor, normalmente posterior, haga suyas algunas de esas palabras como fuente de inspiración para elaborar su propia obra.

 

Citaré como ejemplo un verso precioso; uno de esos versos que, una vez escuchados o leídos, adquieren la excepcionalidad de ser recordados ya para siempre:

 

"Donde habite el olvido".

 

Además de haber podido reconocerlo por ser citado en alguna canción -de Sabina, por ejemplo- no nos costará demasiado recordar que pertenece a un hermosísimo poema de Luis Cernuda, el gran poeta sevillano, que además da título a uno de sus libros de poemas.

 

Y sin embargo, el verso en su origen pertenece a Gustavo Adolfo Bécquer, a quien Cernuda quiso rendir homenaje y quien influyó en una determinada época en su poesía.

 

Así pues, vemos un ejemplo de intertextualidad entre estos dos magníficos poetas, ambos sevillanos, aunque de diferentes épocas y características literarias, donde un verso ya existente se convierte en el germen de inspiración para una obra posterior.

 

Hay que dar, no obstante, al César lo que es del César, y a Bécquer la autoría de su "inovidable": "Donde habite el olvido".

Dejo los respectivos poemas de ambos autores:

 

RIMA LXVI

¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero

de los senderos busca,

las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura,

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas,

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.

 

¿A dónde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza,

valle de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas.

En donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.

 

Gustavo Adolfo Bécquer (1836 - 1870)

 

- - -

 

DONDE HABITE EL OLVIDO

 

Donde habite el olvido,

en los vastos jardines sin aurora;

donde yo sólo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

 

Donde mi nombre deje

al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

donde el deseo no exista.

 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

sometiendo a otra vida su vida,

sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

disuelto en niebla, ausencia,

ausencia leve como carne de niño.

 

Allá, allá lejos;

donde habite el olvido.

Luis Cernuda (1902 - 1963)

Bartolo

Bartolo

Cada día quiero más a mi Bartolo. Mi gato. Y lo quiero, en gran parte, por lo mucho que él me quiere. Y por cómo necesita demostrármelo.

Y es que mi Bartolo me habla y me entiende, con su lenguaje no verbal tan felino y expresivo. Incluso, y con esa intuición gatuna tan misteriosa y desconcertante, se anticipa a mi pensamiento y reconoce mi estado de ánimo, casi antes que yo. Y sabe cuándo estoy triste y no puede soportarlo. Y a mí me emociona ver cómo varía su actitud o sus hábitos para demostrarme su cariño incondicional cuando estoy así.

 

Hace ya más de un año en que tuve que tomar la terrible decisión de aplicarles la eutanasia a mis otros dos gatos, padre y madre-hermana de mi Bartolo. Sí, constituían una felina e incestuosa familia, un triángulo gatuno que se quería hasta el límite. Fue un trauma que aún hoy no he superado del todo. Pero tuve que volcarme en el pobre Bartolo que se quedó terriblemente solo, huérfano; que se moría de tristeza buscándolos por todos los rincones y que dejó prácticamente de comer hasta el punto de que temí seriamente por su vida.

 

Tiene ya 14 años y no era, quizá, el gato por el que yo sentía más debilidad -aunque adoraba a los tres-, pero a partir de ver su sufrimiento se me clavó en el alma y cada día empecé a quererlo aún más y a estar completamente pendiente de él. Poco a poco, y ante la certeza de lo irreparable, empezó a resignarse y a aceptar la ausencia, como nos ocurre también a los humanos.

 

Y ahora, cuando tengo días tristes, como hoy, parece querer recompensarme. Y no viene a mi regazo -que es su auténtica obsesión- como lo hace siempre; no se abandona indolentemente en él buscando la posición más adecuada para acomodarse y dormitar. No. En mis días tristes, busca compulsivamente mi regazo y permanece expectante, mirándome con arrobo, sí, con auténtico arrobo, con su cabecita ligeramente levantada y clavando en mí esas dos uvas azules que tiene por ojos. Y permanece así, estático, inmóvil, adorándome, sin dejar de mirarme fijamente.. Porque así es como él me “habla” y  me dice: ”Yo también te quiero... y vengo a tu regazo no porque yo lo necesite sino porque sé que hoy lo necesitas tú”.

Y acierta de pleno.

 

Y por eso quiero yo tanto a mi Bartolo. Porque despierta mi ternura, me emociona y sorprende. Porque me analiza, me intuye y me muestra veneración. Porque me quiere tanto -o más- que yo a él.

Lo adoro, sí. ¿Que es sólo un gato? Sí, lo sé. Bueno, ¿y qué?

   

El tema no es que sea demasiado profundo ni interesante; incluso puede interpretarse como ñoño o cursi. Pero es que hoy estoy especialmente sensible y como tal me comporto, escribiendo simplemente sobre mi querido gato. Y es que hay días en que me siento en evidente deuda con él.

 

Gea.

Sensorial

Sensorial

Te miro, con los ojos de quien ve algo soñado.

Te escucho, con la misma atención con que te miro.

Te hablo, con la voz que se quiebra en un suspiro.

Te aspiro, con un beso profundo y prolongado.

 

Te abrazo, con el ansia del cerco deseado.

Te siento, con la misma avidez de lo prohibido.

Te entiendo, con la ayuda de mi sexto sentido.

Te adoro, con el rito ancestral de un iniciado.

 

Y pongo mi alma entera y cada poro de piel

en descifrar tus sueños y anhelos codiciados,

en mi consciente entrega y en mi abandono fiel.

 

Es control racional junto a afectos desbordados,

es dominar las riendas del más brioso corcel;

son, ya lo ves, mis cinco sentidos desatados.

 

Gea.

Tempus fugit

Tempus fugit

Hay quien dice que el tiempo no existe, aunque sea lo que preside y rige nuestras vidas. Lo cierto es que ese concepto abstracto permite divagar sobre su esencia, incluso desde perspectivas contradictorias. Divaguemos, pues.

De todos es conocido el tópico del Carpe Diem, esa exhortación a vivir y disfrutar del momento. Una necesidad o filosofía comúnmente aceptada por todos. Pero, por mucho que nos acojamos a esa máxima de "sólo hay que vivir el presente", sería de necios pensar que ese presente es autónomo; que surge en solitario, del día a día, como improvisando la vida. Porque el presente es el más efímero de los tres conceptos en que dividimos nuestro tiempo vital. Es tan sólo un paréntesis, herméticamente cerrado por el inmodificable pasado anterior y el inescrutable e incipiente futuro.

El presente queda así suspendido en el abismo, entre dos tiempos poderosos que lo convierten en fugaz, pero en los que necesita sustentarse para adquirir su entidad, su propia razón de ser. Y así, se nos presenta como ese ídolo al que todos pretendidamente adoramos, sin darnos cuenta de su fragilidad. Como un poderoso gigante mitológico, cuyos pies han de apoyarse necesariamente en dos pilares próximos para mantener el equilibrio; para poder mostrarse en su grandiosidad.

Así es el presente: pasado y futuro casi juntos; uno pisándole los talones; el otro, abriéndole las puertas de par en par. Y él en medio, a tiro de piedra entre uno y otro; entre una despedida y una salutación, entre un adiós y un hola, que sólo dejan resquicio para un breve suspiro.

Precisamente por eso hay que vivir el presente, por su levedad, por su propia inconsistencia, por la dificultad en aprehenderlo, por su fugacidad. Porque rápidamente pasa a constituirse en pasado. Y el pasado será ya inmodificable.

Y en cierto modo, nada hay más vinculante y condicionante que el pasado, esa acumulación de efímeros presentes. Porque él nos ha ido moldeando titánicamente, para la bueno y para lo menos bueno; él ha ido determinando una personal manera de ser y de reaccionar ante la vida; él nos ha marcado inexorablemente, incluso para aprender a vivir el presente o vivirlo de una manera determinada. Y a su vez el pasado, para serlo, ha de sustentarse necesariamente en los recuerdos.

Y sí, yo soy de las que reivindico los recuerdos; de ellos vivimos muchas veces, con ellos convivimos en la soledad, en ellos hallamos en ocasiones fuerza para seguir. Y también desconsuelo. En cualquier caso, son el testimonio de todo lo vivido. Recordar es comprobar que permanece inalterable nuestra memoria, que es el mayor exponente de que nos sentimos vivos, además de estarlo.

Sin embargo, en esa gran red de recuerdos que constituye el pasado, no todos tienen el privilegio de poder ser calificados de perennes. Son escasos, selectos, escogidos... Y por su cualidad de perennes, adquieren el rango de indelebles, de inolvidables. Por eso vivirán paralelamente nuestra propia vida, acompañándonos en nuestro presente y proyectándose, inevitablemente, en nuestro futuro. En los recuerdos, en el pasado, será en definitiva donde confluirá todo.

Y hay que vivir el presente, sí, pero sin desdeñar ninguno de los otros dos tiempos que lo definen y acompañan inexorablemente. Porque en realidad son lo mismo; sólo cambia la perspectiva desde la que los vivimos o miramos. Desde el ayer, el presente ya es mañana. Y desde el mañana, el presente ya es ayer.

Y con este retruécano final que me ha salido, dejo de divagar desde... ¡ya mismo! 
 

Gea.

Apunte literario: César Vallejo

Apunte literario: César Vallejo

César Vallejo se erige en el poeta peruano más importante de todos los tiempos y, junto a Pablo Neruda y Vicente Huidobro, en una de las voces más originales y vanguardistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

Su complejo mundo poético muestra un profundo arraigo al ámbito familiar, planteando experiencias del dolor cotidiano y de la muerte, así como una visión del mundo que lo señala como un lugar de penitencia sin certeza de salvación.


Siempre con una indudable calidad literaria, fue un poeta con un fondo tremendamente hermético, que se erigió en el paradigma del sufrimiento y la angustia que tiene que superar el hombre (en genérico). Mostró una extrema preocupación por los golpes y penalidades del ser humano, de la condición humana. En cualquier caso, su obra es profunda y compleja, lo que lo convierte en un poeta considerado "difícil".

Para él, el hombre es triste porque la tristeza es una característica de su ser; el hombre ha de llegar al final del camino y el precio a pagar es el del sufrimiento. Esta idea es muy reiterativa en toda su obra.

Sus estudios de Anatomía perfilaron también su léxico poético, con una recurrente presencia de los elementos y órganos del cuerpo humano (pulmones, axilas, sangre, huesos...), así como también una constante presencia de las enfermedades, lo que revela asimismo su propensión hipocondríaca.

Bajo estas influencias, Vallejo practica una poesía de "desdoblamiento", aplicando un distanciamiento que nos presenta al hombre estrictamente como él lo ve; un hombre que tose, se peina, llora, sufre, enferma, está triste... Así pues, su poesía incluye infinidad de términos que son en esencia antipoéticos, prosaicos, pero que le permiten perfilar esa imagen que él tiene del ser humano y su destino, que lo lleva inexorablemente a recorrer un camino lleno de obstáculos y penalidades. Y este aspecto es lo que hace que su poesía sea tan genuina, oscura y pesimista.    

A continuación dejo uno de sus poemas más conocidos, que constituye una premonición de su propia muerte, que él cree ver con anticipación, y por eso escribe un poema con el recuerdo que le ha quedado de esa muerte que, paradójicamente, parece haber vivido ya.

Murió efectivamente en París, como anticipa en su poema, pero dos años más tarde.

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA. (De Poemas Humanos)

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

César Vallejo (1892-1938)

Finitud

Finitud

Dormir, no despertar al día
y seguir en el letargo gris y frío.
Quietud, silencio.
Sombra.
La noche eterna no alumbra amaneceres
plagados de rutina
y de desesperanzas.
Allí, del otro lado del espejo,
el tiempo enmudecido se aposenta
tras el azogue impenetrable del olvido.
Se borra así el dolor,
la asfixia, los secretos...
cualquier vestigio de memoria ingrata.

Gea.

Dígamelo en coloquial, por favor

Dígamelo en coloquial, por favor

Hoy, de nuevo en mi ronda matutina con el carrito de la compra a cuestas –ya todo un clásico-, me he detenido en la panadería de mi barrio para coger un ejemplar de esa prensa gratuita que ponen a nuestra disposición. Y de entre los dos diarios que ofrecían los expositores, me he inclinado por uno cuyo titular de portada me "ha enganchado" por su contundencia: "La banca se hinchó a ganar dinero."

Impagable (valga la redundancia crematística). Qué descriptivas pueden ser las metáforas que provienen de la sabiduría popular. Nada como una expresión coloquial, del pueblo llano, para referirse a las altas esferas con una precisión tan evocadora y rotunda.

Para qué decir: "Los beneficios de la gran banca han superado en un 57% los del año anterior"; o también: "La gran banca obtuvo el pasado ejercicio unos beneficios de 13.240 millones de euros".

No, no. Nada de utilizar esa terminología tan propia de las grandes finanzas, en la que se nos escapa el meollo del asunto e, incluso, hasta el interés. Donde esté un "hincharse a ganar dinero", tan descriptivo, tan revelador, tan reconocible... que se quiten los tecnicismos financieros.

¡Se hinchó! Qué fuerza comunicadora, qué prodigiosa connotación la de este verbo. Ha sido leerlo, y no he podido evitar imaginarme al Sr. Botín -apellido muy propio- inflado como un globo, soltando billetes a discreción por todos sus agujeritos naturales -e incluso artificiales-, como un enorme globo que va soltando lastre para poder coger altura. ¡Qué visión, señores!

Y es que no en vano su banco fue el pasado año uno de los que más llenó sus arcas, con unos beneficios superiores al 72%, que, nada más y nada menos, son los más altos en toda la historia empresarial española.

Pues eso, que la gran banca se ha hinchado a ganar dinero. Y resulta, para más inri, que el gran filón que ha engordado sus cuentas son las comisiones que cobran a sus clientes; o sea, a nosotros. No, si encima vamos a ser los causantes de su aerofagia pecuniaria. Ver para creer.

En fin, dejo a los entendidos del tema seguir hablando de economía y finanzas. Yo sólo he querido resaltar la gran riqueza expresiva del lenguaje de la calle, de la sabiduría popular, capaz de llamar sin florituras "al pan, pan y al vino, vino". Porque, para que nos entendamos todos, mientras los de siempre "se hinchan a ganar dinero", nosotros nos seguimos "apretando el cinturón". ¿Lo veis? Si es lo que yo digo: nada tan cierto y expresivo como el lenguaje coloquial. Y es que nos refleja a todos.

Gea.

Horizontes –y no de grandeza-

Horizontes –y no de grandeza-

Últimamente, tengo tendencia a elaborar escritos bastante prosaicos sobre temas insignificantes y cotidianos, pero que al final me hacen reflexionar.

 

Iba yo esta mañana con mi inseparable carrito de la compra, en ese periplo por mi barrio para realizar la compra del día: que si primero a la panadería, luego al mercado municipal y después al Mercadona, donde tienen una oferta de pescado a veces mejor que en el propio mercado.

 

Y en esas que, tras caminar un largo trecho por la acera, veo a un hombre, ya de cierta edad, sentado en un banco y tomando el tibio y agradable sol primaveral, y reparo en que, a su lado, en el suelo, tenía una jaula con un pajarillo dentro que, no sé bien si por mimetismo o necesidad pajarera, parecía tomar el sol como su amo, aunque más alterado a la vista de sus compulsivos recorridos por el interior de la jaula.

 

La escena me sorprendió, la verdad. Una jaula -y además enorme- en plena calle, con su inquilino dentro y a los pies de su amo, como si se tratase de un perrillo al que hubiera sacado a pasear, no es muy común de ver. 

 

No niego que me impactó esa imagen tan insólita, pero no le dediqué más atención y seguí mi ruta. Fue de regreso, y al comprobar que aún persistía la misma estampa, cuando realmente fui consciente de tan inusual escena; sobre todo cuando, ya casi sobrepasándolos, oí al dueño comentarle a un amigo que se había sentado en el mismo banco: “pobrecillo, lo saco para que tome el sol y se distraiga viendo la calle y pasar a la gente. En casa está muy “solico” y aburrido y aquí se anima. Ahora ya, con el buen tiempo, lo sacaré cada día para que disfrute”.

 

Seguí hacia delante sin girar la cabeza, pero conservando con precisión fotográfica aquella escena en mi retina. Y me conmovió sinceramente. Pensé en la compañía que suponía ese pajarillo para ese hombre solitario, y con qué cariño y dedicación él intentaba ofrecerle, con su buena voluntad, mejores condiciones de vida y de distracción.

 

Y fue ahí cuando empecé a reflexionar sobre cuán paradójica resultaba la escena y cómo una buena acción podría, a veces, no ser lo más recomendable.

 

¿Estaría ciertamente más feliz el pajarillo viendo desde su jaula mucho más ampliado su inalcanzable horizonte de libertad? ¿O al estar confinado en los límites de su jaula, mejor le sería no ver que hay otro mundo, otro paisaje, más allá de sus barrotes?

 

No sé si el pajarillo agradecía o no la buena intención de su dueño. Pero yo no pude evitar extrapolar la escena a los humanos. Y llegué a la idea de que, en ocasiones, cuanto mayor es el horizonte que se presenta ante nosotros, más limitada puede parecernos nuestra libertad para poder alcanzarlo; unas veces por inexpugnable; otras por inasequible; otras porque sus misteriosos confines nos asustan; y otras, como el pobre pajarillo, porque la jaula o cárcel metafórica en la que nos movemos diariamente sólo nos permite contemplarlo a lo lejos y otear el límite imaginario de su línea divisoria, sin poder acceder para realizar una exploración o adentrarnos en él.

 

Al final, una llega a la conclusión de que la mayor libertad personal es la que podemos disfrutar en nuestra particular realidad; no esa libertad teórica que se pierde en horizontes inalcanzables e inaccesibles.

 

Yo, por si acaso, prefiero mantenerme bien pegadita a mis costumbres y entorno más próximo; a mi gente cercana; a mis aspiraciones realizables y tangibles. Quizá cerceno así el horizonte, pero no mi libertad cotidiana del día a día, sin espejismos oníricos que no puedo alcanzar.

 

¿Contemplar el horizonte? Sí, pero me conformo con el que alcance mi vista; el que sé que puede ser incorporado a mi entorno inmediato desde mi libertad de vivir el momento.

 

No sé, mañana estoy por llevarle una hojita de lechuga al pajarillo cuando vaya a comprar. Le estoy empezando a coger cariño.

Cosas entrañables que pasan en los barrios.

 

Gea.    

Quizá... tal vez

Quizá... tal vez

Quizá un día recuerdes lo que esta noche ignoras

y precises mostrarme lo que hoy no quieres ver;

quizá hasta necesites decirme que me añoras,

cuando ya esas palabras sobran a una mujer.

 

Quizá en noches eternas se pararán tus horas

y vivas la nostalgia del que fue nuestro ayer;

quizá hasta arrepentido furtivamente lloras

y, aun habiendo ganado, sabrás lo que es perder.

 

Y cuando en otros brazos te sientas asfixiado,

o en besos de otros labios conozcas la acidez,

quizá tú me preguntes si yo aún no te he olvidado.

 

Y entonces, fríamente, y con fingida altivez,

diré que eres ya sólo una sombra del pasado.

Quizá sepa mentirte... tal vez... sólo tal vez.

 

Gea. 

Y ahora sobre Alnilam

Y ahora sobre Alnilam

La constelación de Orión (el mítico cazador) preside las largas y frías noches invernales del firmamento, desde su privilegiada posición, a caballo entre los dos hemisferios celestes. Es sin duda la reina de las constelaciones. Sus cuatro estrellas más luminosas forman un amplio rectángulo, en cuyo centro se pueden localizar tres estrellas de luminosidad muy similar, formando prácticamente una línea recta y mostrándose, desde nuestra mirada, casi equidistantes entre sí.

Orión

Betelgeuse es la estrella que ocupa un hombro de Orión. En la esquina inferior del rectángulo, está Rigel, la pierna izquierda del gigante. En el ángulo nordeste está Bellatrix, la mujer guerrera. En la esquina sureste del rectángulo está Saiph, la espada. Y en esa línea recta que corresponde al cinturón del cazador, están las estrellas: Alnitak, Alnilam y Mintaka. Esta formación es conocida como Las Tres Marías o como Los Tres Reyes.

Bien, pues Alnilam, la estrella del centro, el adorno del cinturón, fue mi estrella elegida desde muy jovencita, casi una niña, sin tener entonces ni idea de su nombre ni de su pertenencia a Orión. Me gustó, quizá, esa aparente simetría en su colocación, en el medio, siempre arropada a ambos lados por sus dos compañeras.

Como podéis comprobar, mis dos nicks, Gea y Alnilam, tienen claras connotaciones cosmo-mitológicas. Posiblemente, lo que más me gusta de ellos.

Gea.

Sobre Gea

Sobre Gea

Según la Teogonía de Hesíodo, en el origen de todo estaba el Caos, el vacío primordial anterior a la creación, cuando el orden no había sido impuesto aún a los elementos del Cosmos. En segundo lugar nació Gea, la Tierra, concebida como el elemento primigenio del que surgirán las razas divinas. Y después de ella nació el poderoso Eros, el Amor universal.

Gea, sin intervención de ningún elemento masculino, engendró a Urano (el Cielo). Movida por Eros, Gea se unió a Urano y con él tuvo a los primeros dioses: los Titanes, los Cíclopes y los Hecatonquiros.

Urano, temeroso de que los Titanes se rebelaran, los encerró en el Tártaro (la parte más profunda y tenebrosa del Erebo, la morada de las sombras), pero Gea los libera y proporciona a Cronos, su hijo menor, una guadaña con la que corta los genitales a su padre destronándolo del poder. Los genitales de Urano caen sobre el mar y de la espuma de su semen surge Afrodita, diosa de la belleza y el amor sensual.

Cronos se instala en el poder y se casa con su hermana Rea. Pero Gea le predice una maldición: un hijo suyo también lo destronará. Para evitarlo, Cronos devora a todos sus hijos recién nacidos, menos al último, Zeus, que es escondido por su madre en la isla de Creta.

Cuando Zeus crece decide vengarse de su padre. Gea sirve un brebaje a Cronos que le hace vomitar a todos los hijos devorados; éstos, al mando de Zeus, se alían para derrocar al padre. Son ayudados por los Cíclopes, que proporcionan el tridente a Poseidón, el rayo y el trueno a Zeus y un casco a Hades que lo hacía invisible.

Vencen los aliados iniciándose el reinado de Zeus e instaurándose así el orden olímpico que se reparte el mundo: Zeus, dios del cielo y de la tierra, reinará en el Olimpo (morada de los dioses); Hades, dios del infierno, lo hará en las tinieblas y las profundidades; Poseidón, dios del mar, reinará sobre las aguas.

Y es así como Gea (Gaia, Tellus) se erige, desde esta concepción cosmogónica, en el elemento primigenio del que nacen las razas divinas, los primeros dioses; es la madre-tierra, el principio engendrador que surgió del Caos anterior a la formación del Cosmos

Gea.         

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

(Escrito hace un tiempo).

Hoy no estoy nada profunda ni tengo ganas de elucubrar, así que haré divagaciones hogareñas.

A menudo oímos hablar de los peligros del hogar, ya que se producen con mayor frecuencia de la esperable, a pesar de que nuestra casa nos parezca el lugar más seguro del mundo. Pero no es así, y hemos de estar alerta ante los reiterados casos de accidentes domésticos: ventanas abiertas que no vemos al levantarnos tras estar agachados y cuyo canto se nos clava en la cabeza, quemaduras por aceite caliente al cocinar, la escalera que resbala y nos caemos desde lo alto cuando limpiábamos los cristales; o ese cuchillo con el que intentábamos ayudarnos a abrir el bote de los pepinillos y se nos escapa y nos secciona una arteria, que empieza a sangrar como un surtidor y exige hacer un torniquete (vivido en mis propias carnes), etc., etc.

Es cierto, los hogares encierran muchísimos riesgos; están ahí, día a día, y no conviene minimizarlos ni bajar la guardia. ¡Ah, amigos!, pero si algo hay característico de los hogares, son sus innumerables misterios sin resolver... ¡que haberlos, haylos! Y uno de los más comunes y desconcertantes es el que yo llamo: el misterio del calcetín; es decir, el caso de los calcetines perdidos, naturalmente desparejados, a saber por qué extraños y laberínticos senderos domésticos, que recorren la zona entre la habitación, el baño y la lavadora.

Al principio, la sufrida ama de casa piensa que ya aparecerá la pareja que falta, que se le habrá caído al tender; pero mira hacia abajo, al patio, y allí no hay ni rastro del calcetín.

-Bueno, lo habré introducido suelto en otra lavadora -piensa esperanzada- ya los volveré a emparejar. Pero, ¡quia!, del calcetín autónomo nunca más se supo. Y así, se van acumulando calcetines sueltos en algún cestillo o lugar especialmente destinado a tal efecto, hasta el día en que se intenta emparejar alguno. Si se consigue reunir una sola pareja, ¡bingo!, la satisfacción que produce es inenarrable.

Pasado algún tiempo, y en un alarde de limpieza general, se tiran todos los calcetines sueltos que no ha habido forma de casar, hartas ya de su improductiva presencia y pertinaz soltería. ¡Craso error! Pocos días después, como por arte de birli birloque, empieza a aparecer una nueva remesa de calcetines desparejados, uno o dos de los cuales -tampoco más- eran la pareja de alguno de los que se habían desechado.

¿Penates o duendecillos del hogar? ¿Acaso el desagüe de la lavadora es un voraz sumidero, que además de botones y aros de sujetador se traga también calcetines? ¿O tienen los calcetines vida propia? Esto último es bastante descartable: el olor que desprenden es señal inequívoca de que están más muertos que vivos; sobre todo los de nuestros hijos adolescentes cuando han permanecido una larga jornada dentro de esas horribles zapatillas deportivas que son como mofetas. ¿Deportivas? Bueno, ése sería otro tema a abordar.

En fin, que de todas las desapariciones sin resolver en los hogares, el misterio del calcetín es, sin  lugar a dudas, el que está más presente en todos ellos. ¿No? Que sí, de verdad, que me lo confirman todas mis amigas. Y, además, no hace distinciones de nivel social o status. Está homologado con las tres ges: es genérico, genuino y generalizador en su igualadora desaparición. Es, desde luego, un auténtico fenómeno doméstico digno de estudio.  

Gea.  

En sus manos

En sus manos

Se mira las manos con fingida complacencia, recién acicaladas y ornamentadas para la ocasión. Muestran una perfecta manicura, en la que destaca el rojo carmesí de sus uñas, que mantienen el protagonismo incluso por encima del destello de las joyas que las adornan.

Dedica bastante tiempo al cuidado de sus manos, que gusta de realizar personalmente, recreándose después en el resultado. Sus manos -se le antojaba pensarlo así- siempre habían sido la parte más libre de su cuerpo: autónomas, activas, habilidosas, expresivas, hermosas...

Hoy, sin embargo, al contemplarlas ve otra realidad. Súbitamente, y al tiempo que un nudo le aprieta las entrañas, se ve claramente reflejada en ellas; no como una prolongación de sí misma, sino como ella misma en esencia. Y ve, como nunca antes, el patetismo y la hipocresía de su propia vida en la cuidada apariencia de sus manos, perfecta síntesis de su frustración. Porque sus manos, en realidad, están maquilladas para camuflar el desgaste, pero también para intentar ocultar cuán reducido o limitado ha quedado su campo de acción.

Unas manos que ya sólo le sirven para aferrarse a una realidad que ha solapado su auténtica necesidad; manos que ya no sienten el deseo de acariciar, ni el tacto de otra piel sobre su piel; que ya no son cogidas furtivamente, con emoción... ni tan siquiera mecánicamente, por rutina.

No. Son manos que tienen un dueño, que ya no necesita adueñarse de ellas; manos que van por libre desde hace mucho tiempo, que han frenado muchas lágrimas en sus mejillas, que han tapado sus propios ojos para no ver la realidad, o para no verla tan clara; manos que se han ido acostumbrando al autoengaño, a la carencia, a la renuncia. Por eso precisan de la doble farsa de disimular y deslumbrar. 

Y sus manos son tal cual es ella, en esa sinécdoque representativa de la parte por el todo. Ella también suele ir engalanada, a la moda, con el cabello vistoso y llamativo, intentando deslumbrar para que no se trasluzcan las grietas de su alma; adornada por fuera en su carencia interior; maquillado el semblante en su desnudez afectiva. Parapetada tras una coraza estética que la protege de su indefensión, su vacío emocional, su desvalimiento.

Sus manos y ella: un mismo proceso, una misma forma de disimular, un mismo y cobarde conformismo. A sus manos y a ella ya sólo les queda aferrarse a lo único que tienen. Y lo hacen como pueden. A golpe de cosmética y disfraz.

No me gusta hacer el amor

No me gusta hacer el amor

No, no me gusta. Así, literalmente. Y cuando digo literalmente, me estoy refiriendo a la expresión y no a la acción que pretende reflejar su significado; bueno, lo que se entiende por su significado.

 

Porque ésa es otra. Si realizáramos un análisis de la expresión, ni siquiera sería correcta. El amor, como todos los sentimientos, emociones, afectos o sensaciones son conceptos abstractos, así como los correspondientes sustantivos que los nombran. Por tanto, sólo pueden estar regidos por determinados verbos, pero no por el verbo hacer, puesto que los sentimientos nacen, no se hacen; sólo se sienten, se tienen, se profesan, se ofrecen...

 

¿No rechinaría oír, por ejemplo: hacer la amistad, hacer la tristeza, hacer el dolor, hacer la melancolía, hacer el odio, hacer la emoción o hacer cualquier otro sentimiento?

 

Así pues, el galicismo hacer el amor no tiene coherencia semántica. En principio, existía esta expresión para significar "hacer la corte"; no para designar el acto sexual. Pero cuando un eufemismo como éste ha sido aceptado comúnmente por la mayoría de los hablantes y su uso es tan generalizado que todos ven en él un significado claro, difícilmente sirven de algo las alegaciones en contra, aunque éstas sean desde el rigor lingüístico. Porque el uso continuado de los hablantes es lo que finalmente refrenda o sanciona una determinada palabra o expresión. Y así es como se han producido muchas incorporaciones a la lengua; alguna de ellas, partiendo incluso de errores que provienen de la etimología popular y que hoy se recogen ya en el diccionario.

 

Y a pesar de que hacer el amor, referido al sexo, figura ya en el DRAE desde 2001 como segunda acepción (la primera es cortejar o galantear), sigo encontrando cursi este afrancesado eufemismo, con pretensiones de resultar fino, que parece querer diferenciarse de todos los demás -tantos y tan variados-, en un intento de sublimar la expresión, cuando lo sublime ha de ser la acción y no cómo se nombra.

Y respetando las opciones de expresión de cada uno, insisto en que no me gusta nada de nada; es más, en confianza, ¡no lo soporto! Cosas mías, naturalmente.

 

Desde siempre, todos los tabúes -y desde luego los referidos al sexo- han dado lugar a los eufemismos correspondientes, como "sucedáneos" para nombrar lo supuestamente innombrable. Así, para referirse al coito, podemos encontrarnos con un variopinto abanico de posibilidades, que pueden ir desde lo grosero a lo humorístico; desde la metáfora a la más prosaica expresión; desde la asociación más surrealista a la pretensión de idealizar el término.

 

Sería interminable intentar hacer una lista de terminología sobre el acto sexual. Hay palabras de etimología culta como: yacer, fornicar, copular; o expresiones explicativas como: tener relaciones íntimas, mantener relaciones sexuales, etc. Curiosa es la productividad del verbo "echar" en expresiones populares como: echar un polvo, echar un clavo, echar un kiki, etc. No hay que olvidar los infinitivos: joder, chingar o follar (tampoco soporto este último, lo siento). Y en el colmo del machismo, está eso de: cepillármela, trincármela, beneficiármela, pasarla por la piedra... Sin comentarios.

 

Pero aún hay algo peor para mí: la presencia del pronombre neutro "lo" unido al verbo hacer. Un buen ejemplo es esa famosa canción que cantaba la Jurado (pobre) que dice: "hace tiempo que no siento nada al hacerLO contigo". Me resulta especialmente repugnante, lo siento. En fin, que soy rarita para eso de la palabrería.

 

Como en todo, cada maestrillo tiene su librillo. Y es de suponer que cada pareja tiene sus preferencias, sus cómplices expresiones, o la ausencia de ellas. Incluso, hay silencios que son más elocuentes que las palabras en determinadas acciones. Y el acto sexual es una acción; por ello se hace, se realiza, se practica.

 

Pero el amor no es una acción; es un sentimiento. Y los sentimientos no hay que confundirlos. Y mucho menos "hacerlos".

 

Gea.